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Lo que un inesperado encuentro con unas vacas me hizo comprender sobre el mundo natural

News Section Icon Publicado 02/10/2023

cuatro vacas con caras graciosas mirando muy juntas a la cámara en un prado verde
© Shutterstock

Desde la ventana de nuestro dormitorio se ve un establo de vacas que está tan cerca que podría tirar una pelota para que rebote en él. Es donde las cuarenta vacas de nuestro vecino pasan el invierno. Al vivir tan cerca de ellas, uno llega a conocer sus costumbres. Sus lugares favoritos, sus rutinas, sus curiosidades.

Duke, el perro compañero de Philip Lymbery, acercando su hocico al de una vaca en un prado
Crédito: Philip Lymbery

Este Día Mundial de los Animales de Granja (el 2 de octubre) me hace recordar el momento fascinante en el que las vacas conocieron a mi perro y me dieron una lección que nunca olvidaré.

Era primavera y las vacas jóvenes estaban empezando a pastar. Acababan de salir del establo. No tardaron en conocer por primera vez a nuestro perro, Duke. Duke era un perro fuerte, 35 kilos de pelusa y ternura que parecía un bebé oso. No es de extrañar que llamara la atención de las vacas mientras pastaban.

Podía ver las vacas a lo lejos. Estaban en la orilla más alejada del río. Pero aun así se fijaron en Duke antes de cruzarlo rápidamente en una fila desordenada. Las primeras en llegar miraron fijamente a Duke. Vi cómo movía las orejas y la nariz expectante. Entonces nuestras perseguidoras iniciaron su aproximación final. ¿Cómo iba a terminar esto? Ya estaban muy cerca. Admito que me sentí inquieto. No tenía que haberme preocupado.

Afinidad

En un momento, las vacas y el perro extendieron los cuellos y se olisquearon antes de lamerse mutuamente. A Duke le encantó. A las vacas también. Las lenguas se encontraron en un gesto ancestral de afinidad. Al intercambiar saliva, estaban estrechando lazos de una forma observada por Gavin Maxwell en su clásico relato escocés sobre nutrias Ring of Bright Water.

En ese bello momento, Duke y las vacas acababan de demostrar que ese «ganado», lejos de ser máquinas, eran criaturas semejantes. Que tenían deseos y necesidades, como nosotros. Que eran sensibles.

Mientras observaba ese momento mágico, me acordé de las palabras de la granjera Rosamund Young, que en The Secret Life of Cows describe cómo el ganado es «tan variado como las personas. Pueden ser muy inteligentes o de entendimiento lento; amistosos, considerados, agresivos, dóciles, inventivos, aburridos, orgullosos o tímidos».

Dialecto

un grupo de vacas mirando cerca a la cámara en un prado verde bajo un cielo azul con nubes
Crédito: Philip Lymbery

Las vacas también tienen su propio lenguaje. Mugen de miedo, incredulidad, ira, hambre o angustia. Las investigaciones científicas sugieren que «hablan» entre ellas y conservan la identidad individual a través de sus voces.

Quizá por eso han inspirado tanto a quienes desean demostrar que, lejos de ser objetos o autómatas, los animales son criaturas con sensibilidad y sentimientos.

Legislación

La idea de que la sensibilidad animal debe convertirse en ley fue de Peter Roberts, un antiguo ganadero que llegó a ser fundador de Compassion in World Farming.

Es una idea que ha avanzado mucho en las últimas décadas. La realidad de que los animales pueden sentir dolor, sufrimiento y un sentimiento de alegría, si se lo permitimos, ha sido reconocida desde entonces en la legislación europea y británica. La legislación sobre la sensibilidad animal exige a los legisladores que tengan en cuenta el bienestar mental y emocional de los animales con los que compartimos nuestro mundo. Creando un mundo mejor para los animales, las personas y el planeta.

Por eso las Naciones Unidas deberían reconocer oficialmente la sensibilidad animal.

Y hacer que el próximo Día Mundial de los Animales de Granja sea una jornada especial de celebración.

 

Del blog de Philip Lymbery

Globe

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